sábado, 26 de abril de 2008

Los ciudadanos


Si nosotros, los ciudadanos, no apoyamos a nuestros artistas, sacrificaremos nuestra imaginación en el altar de la cruda realidad y acabaremos no creyendo en nada y con sueños carentes de valor.
Yann Martel, "Vida de Pi". En 'Nota del autor' que aparece a modo de prólogo.

Martel es un nómada desde su nacimiento en Salamanca en 1963. Canadiense, pasa su infancia de una representación diplomática a otra (México, España, Costa Rica). Hijo de poeta (no sé cómo se llama su padre).
Es Premio Booker con esta novela, su tercera.
Vida de Pi es una parábola, una parábola marina, rodeada de tiburones, en la compañía de un tigre de Bengala. Un zoológico que se hunde en mitad del Océano Pacífico, en una imágen cruel, que crea un mundo aislado y en peligro de extinción que se desmadeja en mitad de la tormenta.
Lo releo ahora, y vuelvo a pasear por todos los escenarios de este libro.
Yo de ti no me lo perdería.
En Ediciones Destino, y traducido por Bianca Southwood, 2003. Yo lo he leído en una edición del Círculo de Lectores.

miércoles, 23 de abril de 2008

Hoy

es un día más?

un día como muchos?



siempre hay un libro pendiente,

palabras sueltas que buscan un sitio,

un momento.



hoy no es un día más,

es sólo el día de hoy.

y la vida es la misma

y hay que vivirla.

jueves, 10 de abril de 2008

time fades


el tiempo arrastra mi cuerpo y no deja sitio para mi alma.

time fades.

se cuelan, a veces deseos, a veces presencias.

time fades.

el círculo fugaz de voces e imágenes que me engulle,

la película interrupta que no tiene guión ni fin aparente.

time fades.

sólo la música mece mi cuna,

la música de tu voz y el movimiento de tu recuerdo,

algo sencillo.

time fades.

martes, 1 de abril de 2008

Preámbulo a un silencio

Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas
a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol -en verano-
y se calla.

(¿Dije tranquilamente?: falso, falso:
uno se sienta inquieto haciendo extraños gestos,
pisoteando las hojas abatidas
por la furia de un otoño sombrío,
destrozando con los dedos el cartón inocente de una caja de fósforos,
mordiendo injustamente las uñas de esos dedos,
escupiendo en los charcos invernales,
golpeando con el puño cerrado la piel rugosa de las casas que permanecen indiferentes al paso
de la primavera,
una primavera urbana que asoma con timidez los flecos de sus cabellos verdes allá arriba,
detrás del zinc oscuro de los canalones,
levemente arraigada a la materia efímera de las tejas a punto de ser polvo.)

Eso es cierto, tan cierto
como que tengo un nombre con alas celestiales,
arcangálico nombre que a nada corresponde:
Ángel,
me dicen,
y yo me levanto
disciplinado y recto
con las alas mordidas
-quiero decir: las uñas-
y sonrío y me callo porque, en último extremo,
uno tiene conciencia
de la inutilidad de todas las palabras.

Ángel González, en "Tratado de urbanismo".



Quería dejar un recuerdo en su voz.
Una voz que nos falta,
porque todas las palabras NO son inútiles.